Primera parte
Ethan Campbell, esta ciudad te señala con ira, te rechaza, te expulsa. Se niega a aceptarte y te lo hace ver violentamente. Tienes facha de niño rico. Eres un niño rico, de ojos azules, cuerpo de gimnasio, pelo rubio y un metro ochenta, la sonrisa perfecta y los modales de niño educado en Lake School, la mejor escuela privada de Seatle, de bellos prados e impecables instalaciones a la que asististe en auto deportivo desde que te dejaron manejar. Pero aquí no es tu lugar, por mucho. Eres un gringo que tuvo la audacia de salirse del rumbo reservado a los turistas. ¿Qué haces por la colonia Obrera de la ciudad de México poco antes de la medianoche? ¿No deberías estar en las afueras de un hotel de Reforma si acaso? ¿En la Zona Rosa tal vez? ¿Por qué no en Polanco? ¿Por qué no en Paris, Londres o Berlín? ¿A dónde vas? ¿Por qué deambulas en dominios que no te pertenecen? ¿No te das cuenta que contrastas como un faro en medio de la oscuridad? ¿Quién te dijo que estas calles un día serían tu hogar? Te mintieron. Corrección: te mentiste. Esta ciudad te observa, te segrega, te condena y te persigue para que pagues tu soberbia. Te persigue sin tregua haciéndote pegar la huida más frenética y angustiosa de tu acomodada vida, porque es precisamente tu vida la que se va en cada zancada, en cada metro que acortan tus perseguidores, en cada bocanada de aire que jalas queriéndole dar más impulso a tu carrera. Ahora no hay dinero que valga, sólo la velocidad de tus piernas te puede salvar. Ethan Campbell, tienes que pagar el precio de tus osadías y no con dólares.
La vida es sólo una sucesión de absurdos y el amor una víctima de los malos entendidos. Él te ama, por eso te humilla así. Lo que empezó como un desencuentro con tu padre, terminó siendo un enfrentamiento reiterado y amargo en el que te cuestiona permanentemente. Él no cree aún que hayas salido de la adolescencia, a pesar de tu edad y desde hace tiempo tú tampoco crees que él pueda cambiar contigo. Nunca hubieras podido imaginar que ese conflicto te llevaría, sin ningún plan preconcebido, a un amor inesperado que llegó para ti con el tenue brillo de una mirada en un paraíso lejano. Un fuego que seguiste una noche porque te dio una luz nueva, que no sabías que existía, que te enamoró enseguida y que, para tu asombro, ella te obsequió precisamente cuando más convencido estabas de que nadie regala nada. Siempre pensaste que todos estaban a la disposición de tu dinero, del mucho dinero de tu padre, y de golpe entendiste que no es así. En el mundo del que vienes el dinero es el centro de todo y lo primero que ella hizo fue despreciarlo. Más aún: averiguó si existías sin él y eso bastó para cimbrar tu mundo, que creías basto y que ahora no te es suficiente. Por eso has sido arrastrado por ese fuego casi tres años, hipnotizado por su fulgor, como mariposilla que vuela instintiva alrededor de la débil luz de una vela. Pero te equivocaste al creer que eso te daba derecho a poseer la noche de la ciudad más grande del mundo, probablemente la más siniestra también. Te familiarizaste con este rumbo, conociste sus calles, usaste el Metro, recorriste a pie largos tramos de Tlalpan, caminaste frente a los travestis que se mostraban siempre en la misma esquina mirándote con picardía y hasta llamándote para que voltearas a verlos, conociste a la señora de la tienda de la esquina e intentaste practicar tu castellano con las vecinas de tu piso. No reparaste nunca seriamente en las miradas hostiles de los muchachos de la cuadra, ignoraste las recomendaciones de tus amigos, también ricos, que te sugerían no andar en países del tercer mundo, y seguiste viniendo aquí para comprobar que su luz era tuya, que no era un sueño, que otro universo existía, distinto, con otras reglas; algo exótico, pero genuino, más humano, doloroso, pero lleno de sentimientos que nunca te enseñaron a practicar; algo sin nombre, oscuro pero esperanzador.
No era solo la enorme belleza de Julieta, distinta a todas las frívolas e insensibles amigas de Seatle, anoréxicas que ni de lejos le igualaban la sensualidad del cuerpo y menos aún el sabor de sus labios y piel. No eran esos ojos negros, límpidos, en los que viste una vez reflejarse la luna llena como en la superficie del agua de un pozo profundo, misterioso y bello. No era solo el tono de su voz, modulada y segura, protectora y firme, diametralmente distinta a los tipludos gritos con los que tu antigua novia se zafaba de tus brazos cuando hacía berrinche. Era más que su voz, eran sus palabras. Hablaban de cosas distintas y extrañas, premoniciones de antiguas leyendas que en tu mundo eran ideas malditas, esperanzas proscritas que una vez te dijeron estaban muertas. Julieta no solo creía en la necesidad y posibilidad de un lugar mejor para todos, dedicaba su vida a ello. Hechicera moderna que fruncía el ceño al leer más de un periódico todos los días, que buscaba entender su tiempo e insertarse en él. Más de una vez la acompañaste fuera de la ciudad, junto con sus compañeros, y de su mano llegaste a comunidades pobres para verla cumplir con su trabajo. Julieta tenía un pacto de sangre con su pueblo y a ti te avergonzó descubrir que no tenías más compromiso que contigo mismo y la fortuna que debías conseguir.